Adiós a Umberto Eco, látigo de la corrupción

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DARÍO MENOR | ROMA
El mundo está un poco más a oscuras. A última hora de la noche del viernes fallecía en su casa de Milán el italiano Umberto Eco. Escritor, filósofo y experto en comunicación y semiótica, el cáncer que sufría desde hace dos años le hizo emprender su último viaje a los 84 años. Autor de ‘El nombre de la rosa’ (1980) y ‘El péndulo de Foucault’ (1988), entre sus novelas de más éxito, recibió infinidad de galardones durante su vida, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el año 2000. Su muerte provocó ayer una cascada de reacciones en el mundo de la cultura y la política. El primer ministro italiano, Matteo Renzi, transmitió su pésame a la familia, y destacó el europeísmo y la «inteligencia única» de Eco, a quien consideró capaz de «anticipar el futuro». Nacido en la localidad piamontesa de Alessandria en 1932, era una referencia en todos los ámbitos que tocó con su inquieto intelecto a lo largo de su vida. El primero fue el académico. ‘Cómo se hace una tesis’, publicado en 1977, sigue siendo hoy de lectura obligada para quien decide profundizar en sus estudios universitarios. Ocurre lo mismo con ‘Tratado de semiótica general’, la obra más completa sobre la materia pese a que han pasado más de 35 años desde su aparición. Eco publicó numerosos ensayos acerca de este ámbito académico a cuyo desarrollo también contribuyó desde las aulas, pues fue profesor en varias universidades, entre ellas la de Bolonia. También fundó el departamento de Comunicación de la Universidad de San Marino y colaboró con otros ateneos. Su pasión por el mundo de la información quedó reflejada en su último libro, ‘Número Cero’, dedicado a la crisis del periodismo y ambientado en 1992, momento crucial de la historia de Italia por el estallido del ‘Tangentopoli’, el escándalo de corrupción que se llevó por delante a la Democracia Cristiana y al Partido Socialista. Al ser preguntado en una entrevista por si las cosas estaban hoy mejor que en aquella época, Eco decía que en Italia «ha pasado de todo sin que haya construido nada». Reconocía entonces que tal vez le pesaba «el pesimismo», que consideraba «un problema personal». «Es como el sentido de la responsabilidad», agregaba. Aunque se inició tarde en la novela, por considerarla al principio poco digna de las atenciones de un intelectual, cuando lo hizo salieron de su pluma auténticas obras maestras.
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