La calle de la emboscada

Un callejón oscuro y tortuoso que lleva mil años igual guarda la historia de amor y honor de una dama que fue esposa de rey sin estar casada, le dio diez hijos bastardos y el heredero de la Corona, el primero de los Trastamara. Matasiete, la calle donde un enero mataron a siete, y con el nombre se quedó. La travesía donde dos caballeros protegieron el nombre del rey y el honor de su dama

  • Calle Matasiete, con la hornacina donde se coloca una campanilla de aceite cuando en el barrio hay un enfermo en trance de muerte - MARCIANO PÉREZ
    Calle Matasiete, con la hornacina donde se coloca una campanilla de aceite cuando en el barrio hay un enfermo en trance de muerte – MARCIANO PÉREZ
Diario de León | SUSANA VERGARA PEDREIRA 15/01/2016
De lo que pasó en esta calle sólo se sabe a ciencia cierta que mataron a siete. Y con ese nombre se quedó.
Debía hacer frío aquel enero pues los hombres iban cubiertos con gruesas capas que a duras penas ocultaban quién era espadachín y quién vasallo. Era quizá 1330, pero a saber, pues los reyes, hombres son, hicieron escribir a menudo la historia a su medida. Y conveniencia había, pues está en juego el honor de una dama, la mujer que le dio a Alfonso XI el Justiciero, el bisnieto de Alfonso X el Sabio, veinte años de amor, diez hijos bastardos y, a la postre, el heredero del trono, el primero de los Trastamara, la estirpe que llegó hasta Juana la Loca.
Ocurrió en León, en un callejón tortuoso y sombrío de fácil emboscada. Setenta y tres metros de trance que acabó en lance. Una encerrona entre la Plaza del Pan, que así se llamaba la Plaza Mayor, y la de San Martín, para el vulgo, la de las Tiendas. Ahí acabaron muertos a espada dos enviados del rey, Juan de Velasco y Gil de Villasinta. Traían un mensaje real para uno de los don Gutierre, emparentados con el mismísimo Guzmán el Bueno y con casona-palacio en la plaza que lleva su nombre, donde acaba la calle del Barranco, por donde se precipitaban a la Plaza del Grano las aguas del Barrio Húmedo y los desechos del amor, la calleja destartalada y mugrienta que la ciudad conoció de siempre, a saber desde cuándo, como Apalpacoños, y hay poco más que añadir.

FOTO: MARCIANO PÉREZ
Llegaron a la ciudad con la misión de frenar la revuelta que los fieles del infante don Juan Manuel planeaban contra el monarca. Uno de ellos el tío Joroba, con fama de mal encarado y taberna al final de la calle donde vivía el moro Mulhacín, otro de los conspiradores, entre Santa Cruz y Puerta del Sol.
Agotados por el viaje, entraron en el tugurio. Entre frascas de vino, la cuestión se complicó. Dice la leyenda que la Raimunda, la maritornes, una moza de amor de pago que en contra de su mote debía de ser bella, acusó a los caballeros de deshonrarla con su palabras, aunque más probable es que fueran descubiertos por los maquinadores de la intriga contra palacio o que la charla derivara en cuestión política y de ahí en gresca. La cuestión es que Juan de Velasco y Gil de Villasinta huyeron calleja arriba, subieron las escalerillas y entraron en la calle Nueva, llamada también el Corralón, y ahí fueron acorralados. Se defendieron de alguaciles y traidores hasta que ya no pudieron más. En sus labios, el secreto bien guardado: el mensaje del rey, que sólo entregaron agonizantes, con el último aliento, al noble leonés.
Alertado don Gutierre, acude en ayuda de los enviados del soberano y en la lucha encarnizada en el callejón mueren siete. Y luego todo es confusión, lío histórico. Entra en jaque la dama del rey. Leonor, nacida en Sevilla biznieta ilegítima de reyes leoneses, veinte años siendo mujer de rey sin casarse, madre de diez de los once hijos del soberano, todos bastardos menos Pedro I el Cruel, tan bella que cuentan que nadie podía apartar sus ojos de ella, tan inteligente que dicen que convirtió a un joven melancólico en un rey ejemplar, tan preparada políticamente que forjó con él uno de los reinados más brillantes de la Edad Media, tan leal a su rey que la Corte se rindió ante ella y la aceptó como reina de hecho aunque de derecho lo fuera María de Portugal, la misma Leonor cuya historia forma parte del regalo de novios de otra mujer que es ahora reina, la ofrenda matrimonial de Letizia a Felipe VI y cuyo nombre lleva una heredera.
En Matasiete comienza el baile de fechas, pues Leonor de Guzmán, joven de buena familia, casó en matrimonio acordado con Juan de Velasco, el mismo que cuenta la historia que murió en Matasiete, el que vino a León con mensaje del rey anunciando su inmediata llegada a la ciudad para poner fin a la conspiración con revuelta tramada y el ruego de que alojaran en Don Gutierre a la comitiva, entre la que viajaba al parecer Leonor, esposa del caballero, quizá ya elegida por el rey, madre en ciernes del primero de los hijos regios, Pedro de Aguilar, nacido en 1330 y muerto de infante, el primogénito de una saga que acabaría en el trono con Enrique, el tercero de los vástagos, nacido en parto gemelar, que vengó el final de su madre a manos de la reina una vez fallecido el monarca de peste negra contraída en el sitio de Gibraltar, y lo hizo con la peor de las revanchas, la muerte del único hijo con vida de María, que era además de hermanastro, su rey.
Quizá para lavar el honor de La Favorita, la que inspiró una ópera con ese nombre y una cántiga de amor del monarca al que pusieron el apodo del Justiciero por la energía con la que controló a la nobleza, el joven que gustaba de cazar en Valporquero, que amó durante toda su vida a Leonor y se casó por razones de estado con María de Portugal cuando ya era padre de dos hijos, quizá para proteger el nombre de la dama se liaron las fechas y se hizo de ella viuda desde 1328 aunque el lance mortal en el que figura el nombre de su marido está vinculado a un día de enero de 1330 en una vieja y oscura calle de León. El lugar donde cuenta la leyenda que viendo el cadáver de Velasco, cayó desmayada Leonor, apenas veinte años, la amada del jovencísimo rey al que sin embargo el caballero que la había desposado defendió con su vida.
Quizá no era 1330. Quizá sí lo era y Leonor ya era viuda. Quizá el caballero era otro. Quizá la mitad es leyenda. Pero en ese lugar dicen que en las noches de invierno pasea un hombre con capa y espada y se escuchan voces de lucha, en donde una hornacina excavada en el muro guarda la imagen del Santo Cristo de la Agonía, el de la Buena Muerte, que se alumbra con una campanilla de aceite para anunciar que allí, en el barrio, hay un enfermo en trance de muerte y un alma errante vaga en pena. En la calle donde mataron a siete.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s