El efecto nocebo

Carmen Posadas
Carmen Posadas

Leo con interés una noticia médica que habla de un fenómeno que desconocía. Lo llaman el efecto nocebo, y es la otra cara de la moneda o, mejor aún, el hermano feo del efecto placebo. Tras el latinajo placebo, que significa algo así como «yo complazco o yo beneficio», se esconde una práctica empleada desde hace siglos y que, como todos sabemos, logra que un preparado farmacéutico desprovisto de principio activo produzca sin embargo un efecto curativo. Se calcula que ese efecto tiene resultados positivos en una media del treinta por ciento de los casos, pero en algunas dolencias, como la úlcera duodenal, llega a un sesenta; mientras que en la artrosis crónica el porcentaje puede elevarse incluso al ochenta por ciento. ¿Cómo funciona? Según los expertos, no se trata de un simple fenómeno de sugestión al que son más sensibles las personas hipocondriacas, neuróticas o demasiado influenciables. A veces el efecto placebo actúa como simple antiansiolítico, pero en otras se produce, además, un interesante fenómeno de movilización interna. Dicho de otro modo, la sola ingesta de algo que uno cree que lo va a curar desencadena reacciones químicas en el cerebro para que el cuerpo del enfermo sea el que produzca sus propios medicamentos. Sustancias como anfetaminas, por ejemplo, o antiinflamatorios, sedantes e incluso hormonas. El estudio señala también que el efecto placebo está muy relacionado con la confianza que nos merezca el médico que prescribe dicho placebo (o cualquier otro medicamento, por supuesto).
Si el doctor habla del producto con convicción y lo presenta como muy eficaz y positivo, el efecto es mayor que si simplemente lo prescribe de forma mecánica y rutinaria. En cuanto al efecto nocebo (que significa «yo perjudico»), este utiliza los mismos mecanismos que su beneficioso hermano, pero para producir el efecto exactamente contrario. Así, puede ocurrir por ejemplo que personas que están acostumbradas a tomar una medicina de determinada marca comercial no solo no mejoran, sino que a veces empeoran cuando se les suministra el genérico del mismo producto, simplemente, porque no creen en él. El efecto nocebo se produce también cuando el médico que receta un medicamento no logra conquistar la confianza del enfermo para que se convenza de que lo que le prescribe va a curarlo.
Este interesante informe, que viene a corroborar lo importante que es nuestra mente a la hora de generar efectos positivos y negativos, me ha hecho pensar en cómo influirán los efectos placebo y nocebo en un fenómeno muy actual, relacionado con las redes sociales. Desconozco las estadísticas, pero estoy por apostar que hoy en día un porcentaje nada desdeñable de la población lo primero que hace es entrar en Internet para leer sobre la enfermedad que le han diagnosticado a él o un ser querido. No es raro tampoco oír hablar o incluso enterarse por los medios de comunicación de casos en los que esta práctica ha salvado alguna vida. «Después de consultar en Internet, Fulanito de tal hizo ver a su médico que la dolencia que sufría su hijo era distinta de la que le había diagnosticado», leí hace poco, y también: «Menganito de cual, enfermo de cáncer, desoyendo los consejos de su médico, se sometió con magníficos resultados a una dieta vegana que le ha salvado la vida». Es cierto que de todo hay en la viña del Señor (o en la de Galeno e Hipócrates en este caso) y por tanto existen diagnósticos equivocados. Cierto es también que por creer a pies juntillas en algo, incluso en lo más disparatado o irracional, a veces se producen curaciones que parecen milagrosas (el bendito efecto placebo). Pero los que han adoptado a san Google como médico de cabecera deberían saber que un exceso de información sin la debida formación puede despertar también o quizá habría que decir sobre todo al hermano gemelo, al más feo e imprevisible efecto nocebo.
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