El brezo ayuda a eliminar toxinas

LA 5.ª ESQUINA

Fuente: Diario de León | JESÚS Á. COUREL 27/02/2013
La miel de brezo de Sueros de Cepeda obtuvo la medalla de plata en un concurso internacional. Una gran noticia, pues además crece el número de personas que se inician en apicultura e instalan colmenas. Ni cuna del parlamentarismo, ni patria de templarios, esta tierra tiene en el brezo su próspera identidad, ya que esta planta melífera es excelente para eliminar toxinas, en especial con enfermedades crónicas como las que padece la humanidad. Hace tiempo les hablé del libro de Antonio Fierro, Manual de Apicultura 2012, un modesto apunte sobre abejas y miel, que cita la imagen más antigua en las pinturas rupestres de Cuevas de la Araña (Valencia), donde se observa un hombre trepando por lianas para cosechar miel de abejas silvestres, hace 12.000 años. Las referencias son frecuentes en los egipcios, cuyos habitantes la usaban para endulzar bebidas y alimentos. También hay alusiones a la miel en sumerios, acadios e hititas, siendo un producto que se obtenía de manera silvestre, pues la apicultura será posterior. Escritores como Virgilio, Aristóteles o Plinio describirán sus experiencias en la materia, además de mencionar las plantas melíferas y las aplicaciones de la miel tanto en confitería, como en perfumería o para curar enfermedades.
La industria de la apicultura fue siempre apreciada por fructuosa y rentable, cómo lo será en nuestros días donde abundan asuntos espesos y pringosos, además de aguijonazos que te echan de la poltrona. Dice Fierro que las abejas tienen muchos enemigos. Los más peligrosos, además de la contaminación, los incendios y el éxodo rural, son avispones y lagartos. A unos los fumiga en sus escondrijos arbóreos y a los otros les espera subido en un árbol cercano, leyendo plácidamente un libro. Tras matar el lagarto, lo deja cerca de las colmenas, como aviso a sus congéneres del peligro que corren si atacan sus abejas. Otro mal enemigo es el piojo, que se asienta en el coselete (espalda) de la abeja. Para acabar con ellos, Fierro pone tabaco en el ahumador y los atufa hasta que caen anestesiados en la chapa del fondo de la colmena. En una ocasión, echó demasiado tabaco y en la bandeja, junto a los piojos, cayeron adormecidas las abejas. Las esparció rápidamente por el suelo para que se airearan y cuando despertaron se clavaban en él como diciendo: ¡Desgraciado!, ¿qué nos hiciste?
Concluye, en su libro, que el monte es lugar ideal para la instalación de colmenas, porque hay silencio y ese es el ambiente propicio para las abejas; también para cualquiera que desee apartarse, aunque sea por un rato, del molesto zumbido de nuestra inquietante evolución… Había que hacer algo.
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