La villa satauteña fue el campo de la mayor gesta bélica de Gran Canaria

El Monte Lentiscal se convirtió en una fatal trampa para el invasor holandés 

Enseña del Regimiento Canarias 50, ayer, en Santa Brígida. | santi blanco  
La Provincia 28-6-2012
JUANJO JIMÉNEZ
SANTA BRÍGIDA
Las condiciones en las que se produjo la batalla de El Batán, y previamente la entrada de los holandeses en Las Palmas de Gran Canaria aquel verano de 1599 la convierten, según muchos historiadores, en la mayor gesta de armas de todos los tiempos en el archipiélago canario.
Más aun que la renombrada derrota de Nelson en Santa Cruz de Tenerife, según sostiene no sin cierto orgullo indisimulado, el presidente de la Mesa de El Batán, Jacobo González Velázquez, “a pesar de que hagan más ruido allá”, con el también histórico y no menos glorioso episodio.
La incursión que realizaron los holandeses hacia el interior de la isla fue un error de bulto, y detalles tan sutiles como la falta de garbo para caminar por terrenos volcánicos y senderos de alto riesgo, a los que tan acostumbrados estaban los isleños, fueron determinantes para que frente a los 60 muertos que registraron las milicias grancanarias fueran 1.500 los cadáveres que dejaron los invasores en territorio satauteño.
El actual Regimiento Canarias 50 es el ‘nieto’ de aquellas milicias agrupadas a última hora y de urgencia desde los distintos puntos de las isla y en su escudo figura además de la batalla del almirante Pieter van der Does, que también le otorga el nombre de ‘El del Batán’, que corona su escudo, la de otra histórica refriega que tiene lugar cuatro años antes contra la escuadra inglesa capitaneada por Francis Drake, y que también pudo haber cambiado la ‘nacionalidad’ del archipiélago. Cuatro años, pues, en que la isla vivió muy peligrosamente.
Especialmente el día 3 de julio de 1599. A las 11 de la mañana, y desde el pico de La Atalaya, se contaron cuatro mil hombres agrupados en cinco diferentes escuadrones, que seguían el rastro a “la plata indiana” que había subido a lomo de bestias por la población que abandonó la franja litoral.
El Lentiscal, entonces un abigarrado bosque, fue el lugar de acecho de los isleños, en el mismo lugar que se conoce como la Cruz del Inglés, “aunque en realidad debería llamarse Cruz del Holandés”, apunta el cronista oficial de la localidad, Pedro Socorro.
“Al internarse los enemigos”, relata Socorro, “entre los lentiscos, indecisos por el desconocimiento del terreno y de la cuantía de las fuerzas isleñas y agotados por el fuerte calor, un grupo de milicianos canarios hostilizaron a la vanguardia enemiga de tal manera que los soldados que componían aquella retrocedieron, produciendo el pánico en las filas enemigas”. Así se luchó en El Batán, en La Vega y en el Dragonal, desmontando la refriega. Cinco días después, el 8 de julio, la escuadra leva anclas, llevándose un escuálido botín de 150 pipas de agua, 50 cajas de azúcar, el reloj y las campanas de la Catedral de Santa Ana.
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