Fragmento de la novela Tuareg, de Alberto Vázquez-Figueroa

Montó su campamento en medio de los muertos, y se sentó a mirarlos, preguntándose cuál de ellos sería Gacel, su tío, el mítico guerrero buscador de aventuras, contratado para proteger la caravana de los ataques de bandidos y salteadores, y que no pudo protegerla de su auténtico enemigo: el desierto.

Pasó el día despierto haciendo compañía a los difuntos; la primera compañía que tuvieron desde que les alcanzó la muerte en el camino, y pidió a sus espíritus, que tal vez vagaran eternamente por aquellos contornos, que le ayudaran a escapar de tan trágico destino, mostrándole la ruta que no supieron encontrar en vida.

Y los muertos le hablaron con sus bocas sin lengua, sus cuencas vacías y sus huesudas manos clavadas en la arena. No supieron decirle el camino correcto, pero la larga, inacabable hilera de momias que se perdía de vista al Sudoeste, le gritó que el rumbo que él seguía, el que ellos habían traído, era incorrecto, y no conducía más que a días y días de soledad y sed sin retorno posible.

Le quedaba por tanto una sola esperanza, desviarse hacia el Este, derivando luego hacia el Sur, y confiar en que, al menos en aquella dirección, los límites de la “tierra vacía” se encontraran más cerca.

Gacel conocía bien a los guías tuareg y le constaba que cuando uno de ellos equivocaba el rumbo, persistía en su error hasta sus últimas consecuencias, porque ese error significaba haber perdido por completo la noción del espacio, las distancias y el punto en que se encontraba, y ya no le quedaba otra solución que buscar la salvación en continuar adelante y confiar en que su instinto le guiara hasta el agua. Los guías tuareg odiaban cambiar de ruta si no estaban plenamente convencidos de que sabían hacia dónde se dirigían, pues, por tradición sabían, desde siglos atrás, que nada hay peor en el desierto, y nada agota y desmoraliza más a los hombres, que vagar de un lado a otro sin destino concreto. Por ello, sin duda, el guía de la “Gran Caravana”, cuando por alguna circunstancia que nunca conocería nadie, se descubrió de pronto inmerso en el desconocido universo de “la tierra vacía”, debió optar por seguir su rumbo, confiando en que Alá hiciera el camino mucho más corto de lo que era en realidad.

Y ahora estaba allí, seco al sol, enseñando a Gacel una lección que Gacel aceptaba.

Cayó la tarde, y cuando ese sol dejó de calcinar con rabia la llanura, abandonó la sombra de su refugio y llenó su bolsa de pesadas monedas de oro y gruesos diamantes.

Ni por un momento experimentó la sensación de estar despojando a los difuntos de sus pertenencias. Según la ley no escrita del desierto, todo cuanto allí había pertenecía a quien lo encontrara, pues las almas que hubieran entrado en el Paraíso hallarían en él todas las riquezas deseadas y los que, por su maldad, permanecían fuera, poco derecho tenían a que sus espíritus malditos vagaran por toda la eternidad con las bolsas repletas.

Luego, dividió el agua que quedaba entre Abdul, que ni siquiera abrió los ojos para agradecérselo, y la más joven de las camellas; la única que aún se sostendría un par de días en pie. Se bebió la sangre del último animal, y atando al anciano a la montura, reemprendió la marcha abandonando incluso la tela que les proporcionaba sombra, un peso inútil ya, pues había tomado clara conciencia de que no volverían a detenerse, ni de día ni de noche, y su única posibilidad de salvación se centraba en que, tanto el animal como él mismo, fueran capaces de caminar sin descanso hasta salir de aquel infierno.

Rezó sus oraciones, pidió por él, por Abdul y por los muertos, lanzó una última mirada al ejército de momias, rectificó su rumbo, y emprendió la marcha conduciendo del ronzal a la camella que le siguió sin un bramido de protesta, convencida de que tan sólo una confianza ciega en el hombre que avanzaba ante ella, podía salvarla.

Gacel no supo si fue aquélla la noche más corta o más larga de su vida, pues sus piernas se movían como las de un autómata, y su sobrehumana fuerza de voluntad le convirtió una vez más en piedra; pero en esta ocasión era una de aquellas “piedras viajeras” del desierto; pesadas rocas que misteriosamente se trasladaban por las planicies dejando tras ellas un ancho surco, sin que nadie hubiera sido capaz de precisar si las arrastraban las fuerzas magnéticas, los espíritus de los condenados a la Eternidad o el simple capricho de Alá.

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