Referencias a León en la saga del Capitán Alatriste (Arturo Pérez-Reverte)

Uno de los personajes principales del ‘Capitán Alatriste’, Francisco de Quevedo, estuvo varios años preso en el convento de San Marcos de León.
Fuente: Diario de León
`Limpieza de sangre´
■ «Mi padre no era portugués —dice Íñigo Balboa—. Era un soldado de origen leonés, como su padre, que a la vuelta de una campaña quedóse en Oñate y casó allí».
`El sol de Breda´
■ «El capitán era un leonés del Bierzo, grande, de seis pies de estatura».
Se refiere al capitán Bragado, Diego Alatriste (que también es leonés) es un soldado sin rango y lo de ‘Capitán Alatriste’ es un apodo.
■ «Jaime Correas y yo mismo nos abrimos paso entre los soldados que vociferaban en todas las lenguas de las Españas, algunos con el acero desnudo en la mano; y como de costumbre, según esas lenguas y sus tierras de origen, tomaban partido unos contra otros, valencianos a una parte y andaluces de la otra, leoneses frente a castellanos y gallegos, catalanes, vascongados y aragoneses cerrando para sí mismos y por su cuenta».
■ Como curiosidad, en ese mismo libro aparece un personaje ciertamente negativo, el maestre Don Pedro de la Daga (alias `Jiñalasoga´), de origen vallisoletano.
`Corsarios de Levante´
■ «… una isla rocosa y desnuda, típica del Mediterráneo, en cuya cresta se adivinaban las antiguas columnas de un templo pagano; un paisaje muy diferente de las montañas leonesas de su infancia» (narra Íñigo Balboa refiriéndose a Diego Alatriste).
VOL. III: EL SOL DE BREDA – LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN ALATRISTE (Arturo y Carlota Pérez-Reverte)
Llovía, contaba a vuestras mercedes, y como si cayesen cántaros del cielo, la mañana en que el capitán Bragado hizo una visita de inspección a los puestos avanzados donde se alojaba su bandera. El capitán era un leonés del Bierzo, grande, de seis pies de estatura, y para salvar los barrizales había requisado en alguna parte un caballo holandés de labor: un animal apropiado a su tamaño, de fuertes patas y buena alzada. Diego Alatriste estaba apoyado en la ventana, observando los regueros de lluvia que se deslizaban por los gruesos cristales empañados, cuando lo vio aparecer por el dique a lomos del caballo, las faldas del sombrero vencidas por el agua y un capote encerado sobre los hombros.
–Calienta un poco de vino –le dijo a la mujer que estaba a su espalda.
Lo dijo en un flamenco elemental –«verwarm wijn», fueron sus palabras– y siguió mirando por la ventana mientras la mujer avivaba el miserable fuego de turba que ardía en la estufa y ponía encima una jarra de estaño. La cogió de la mesa donde unos mendrugos de pan con restos de col hervida estaban siendo despachados por Copons, Mendieta y los otros.
Todo se veía sucio, el hollín de la estufa manchaba la pared y el techo, y el olor de los cuerpos encerrados entre las paredes de la casa, con la humedad filtrándose por las vigas y tejas, podía cortarse con cualquiera de las dagas o espadas que estaban por todas partes, junto a los arcabuces, los coletos de cordobán, las prendas de abrigo y la ropa sucia. Olía a cuartel, a invierno y a miseria. Olía a soldados, y a Flandes.
La luz grisácea de la ventana acentuaba cicatrices y oquedades en el rostro sin afeitar de Diego Alatriste, bajo el mostacho, enfriando más la claridad inmóvil de sus ojos. Estaba en mangas de camisa, con el jubón desabrochado puesto sobre los hombros, y dos cuerdas de arcabuz anudadas bajo sus rodillas le sostenían las cañas altas de las remendadas botas de cuero. Sin moverse de la ventana vio cómo el capitán Bragado desmontaba ante la puerta, empujaba ésta, y luego, sacudiéndose el agua del sombrero y del capote, entraba con un par de reniegos y un por vida de, maldiciendo del agua, del barro y de Flandes entera.
–Sigan comiendo vuestras mercedes –dijo–. Ya que tienen con qué.
Los soldados, que habían hecho gesto de levantarse, prosiguieron con su magra pitanza, y Bragado, cuyas ropas humearon al acercarse a la estufa, aceptó sin remilgos un poco de pan duro y una escudilla con restos de col que le alcanzó Mendieta. Luego miró detenidamente a la mujer mientras aceptaba la jarra de vino caliente que ésta le puso en las manos; y tras caldearse un poco los dedos con el metal bebió a cortos sorbos, mirando de reojo al hombre que seguía de pie junto a la ventana.
–Voto a Dios, capitán Alatriste –apuntó al poco–, que no están vuestras mercedes mal instalados aquí.
Era singular oírle al capitán de la bandera llamar de tan natural modo capitán a Diego Alatriste; y eso prueba hasta qué punto éste y su sobrenombre eran conocidos de todos, y respetados hasta por los superiores. De cualquier modo, Carmelo Bragado lo había dicho volviendo con codicia sus ojos a la mujer, que era una flamenca de treinta y tantos años, rubia como casi todas las de su tierra. No resultaba especialmente bonita, con las manos enrojecidas por el trabajo y los dientes poco parejos; pero tenía la piel blanca, caderas anchas bajo el delantal y pechos abundantes que mantenían bien tensos los cordones de su corpiño, al modo de las mujeres que por aquella misma época pintaba Pedro Pablo Rubens. Tenía, en suma, ese aspecto de oca sana que suelen tener las campesinas flamencas cuando aún siguen en sazón. Y todo eso –como el propio capitán Bragado y hasta el recluta más bobo podían adivinar con sólo ver el modo en que ella y Diego Alatriste se ignoraban públicamente– muy para desdicha de su marido, un campesino acomodado, flamenco cincuentón de cara agria, que andaba por allí esforzándose en ser servil con aquellos extranjeros hoscos y temibles, a quienes odiaba con toda su alma, pero que su mala fortuna le había adjudicado como portadores de boleta de alojamiento. Un marido que no tenía otro remedio que tragarse toda su ira y su despecho cada noche, cuando, tras sentir a su mujer deslizarse silenciosamente de su lado, escuchaba sus gemidos sordos, sofocados a duras penas entre el crujir del jergón de hojas de maíz donde se acostaba Alatriste. Por qué sucedía tal es algo que pertenece a la vida privada del matrimonio. De cualquier modo, el flamenco obtenía a cambio ciertas ventajas: su casa, hacienda y pescuezo seguían a salvo, cosa que no podía decirse de todas partes donde se alojaban españoles. Por muy cornudo que fuese aquel villano, su mujer tenía que habérselas con uno y de buen grado, y no con varios y por la fuerza. A fin de cuentas, en Flandes como en cualquier sitio y tiempo de guerra, el que no se consolaba era de mal contentar: el mayor alivio, para casi todo el mundo, siempre fue sobrevivir. Y aquel marido, al menos, era un marido vivo.
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