Siempre habrá mezquinos

Hay gente que siempre será perdedora porque siempre hay mezquinos. Es difícil acabar su alma –con la de los primeros ya acabaron éstos- porque no la tienen.
Los mezquinos normalmente son ricos de poner el cazo, y poco trabajadores –aunque presuman de ello- . Como te lleve el aire de delgado, te agarran y te dicen…  ¡pon los pies en el suelo! Si pudiera, no te jode.
Parece que les debes la vida. Son insaciables y no paran nunca de masacrar a su presa. Como te conozcan, apuran su cigarro y su tiempo malintencionadamente en saber donde estás para hacerte daño, mientras el resto de la humanidad trabaja o por lo menos lo intenta risueña.
Conozco a este tipo de personas. Son los que reclaman, siempre intentan humillarte, y te llaman según las circunstancias y antojo: tonto, ignorante, vago, maricón, solitario, pandillero,  pendenciero, mujeriego,  alcohólico, drogadicto, loco, violento, enfermo, frustrado, con doble personalidad, esquizofrénico, impresentable, golfo, niño, viejo… y cuanto se les ocurra. ¿En qué quedamos? Yo debo de ser todo eso junto, menos bueno. Lo hacen a veces sutilmente y otras no, y siempre para sus intereses y tejemanejes. Siempre buscan la ocasión para saltarte vilmente a la yugular, normalmente cuando no los ve ni oye nadie.
Cuando les preguntas por que te hacen eso, lo niegan radicalmente. Se ponen el dedo en el pecho, se muestran indignados y dicen violentados ¿yo qué te hago? Jamás lo reconocen, no pueden perder su trofeo.
Tienen aliados, sino no sobrevivirían. Se retroalimentan de estos. No les queda otra alternativa. Y como no quieras saber nada de ellos y te enfrentes, los llaman y lloran. Reclaman tu sangre. Los aliados te llaman a ti y te dicen que eres un canalla. ¡Cómo cedas ante este chantaje y acoso estás perdido; en sus manos para siempre!
Piden limosna. Porque esta gente normalmente los problemas los tienen en su casa, en su familia, con su mujer e hijos que pasan olímpicamente de ellos y los mandan para casa de su madre. Allí son esclavos y cobardes. Fuera son señoritos pedantes ofensivos. Están tirados, sin un duro, que hasta puede que se lo hayan ganado. Se pasan toda la vida aparentando y hablando en madrileño siendo más de pueblo que las amapolas, traicionando a su propia sangre: ¡pero ‘eg‘ que tu ere’g’s…! Tienen celos patológicos.
¡Y yo ni puta idea de nada!
Todo tiene un límite. No es no.
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